domingo, 30 de enero de 2011

Quinta entrega: Los Montoneros silvestres

PRIMERA PARTE: DEL GOLPE AL MUNDIAL
I- Octubre 77: Este 17 Montoneros vence
Quinta entrega: Los Montoneros silvestres
Valentín Alsina, zona sur del conurbano bonaerense. Enero 28, 2011.
 No estaba contemplado, en el plan de trabajo esbozado para este folletín, una entrega específica sobre el mote de “silvestres” de estos militantes que resistieron a la dictadura. Pero como suele decirse, un libro (en este caso un folletín digital), se construye, al menos, entre dos: entre uno que escribe (unos que escriben) y otro que lee (otros que leen). En fin, como más de un lector de Montoneros silvestres me ha preguntado (personalmente, o por mensaje de facebook o por e-mail), a qué se debía el carácter silvestre de estos Montoneros, haré un intento por aclarar el asunto.
Quien le puso así a quienes transitaron por esta experiencia no se sabe bien, como suele suceder con estas cosas. Sí puedo decir que lo escuché en boca de sus protagonistas en varias oportunidades. Y como sostengo en la presentación de este Folletín, los pelotones de Montoneros que continuaron funcionando durante aquel período (1976-1983), estuvieron integrados por hombres y mujeres (muchachos y chicas, jóvenes, muy jóvenes en la mayoría de los casos), que continuaron resistiendo los embates de la dictadura cívico-militar a través de distintos medios. A veces enganchándose con algún compañero o compañera que ingresara desde el exterior del país, la mayoría de las veces sin comunicación con las instancias orgánicas de la organización, permanecieron realizando algún trabajo de militancia mínimo (debido a las condiciones extremas de represión), ya sea nivel barrial o sindical o militar (haciendo acciones de propaganda, sabotaje y hostigamiento), reagrupándose para debatir la situación, darse ánimo ante coyunturas tan adversas y, por sobre todo, proyectando posibilidades de confrontación contra el enemigo.
La estrategia represiva consistió, fundamentalmente, en tender un cerco sobre la organización, obligando a los militantes a replegarse sobre la zona metropolitana (Capital y Conurbano). Una vez logrado el objetivo (o más bien: simultáneamente), se dedicaron a golpear con fuerza en la zona norte y del Gran La Plata.
Para mediados de 1977, la zona sur del Gran Buenos Aires es prácticamente la única que se mantiene con un funcionamiento estable en el país. El funcionamiento se reduce, de todas maneras, a las acciones de los pelotones del Ejército Montonero. Recordemos que a fines de 1976 la Organización Político-Militar caracteriza como agotado al peronismo en tanto identidad popular desde la cual acumular fuerzas para una transformación social y lanzan el Partido y el Ejército Montonero, de orientación leninista. Tiempo después, en abril de 1977, se lanza en Roma el Movimiento Peronista Montonero, como forma de capitalizar –según entienden los mandos montoneros– la vacancia histórica que deja el peronismo. El MPM se organiza en ramas, de forma similar al clásico movimiento peronista (sindical, femenino, juventud). Eso, en los papeles. En la realidad del país lo que sucede es que las caídas se producen con cada vez mayor frecuencia y que el trabajo público es prácticamente imposible. En ese contexto, los pelotones tienen capacidad de golpear al enemigo y preservar un mínimo de fuerzas organizadas.
Lo que sucede es que para fines de 1977 la situación se complica por demás. Luego de la caída sucesiva de los mandos en el territorio (que eran los que tenían además contactos con los mandos en el exterior del país), los pelotones comienzan a quedar desconectados del resto de las estructuras.
Pero para que se entienda: el proceso no es lineal. Hay militantes que salen del país y vuelven a entrar para la contraofensiva en 1979, por ejemplo. Otros, en cambio permanecen en el país y pasan por momentos de desenganche absoluto con cualquier otro militante, a momentos de reagrupamiento con otros militantes desenganchados y tras un tiempo, logran contactarse con algún militante encuadrado orgánicamente, con contactos aceitados con las direcciones que se encuentran fuera del país. Esta situación confluye, además, con la estrategia diseñada por la organización (comentada en la entrega anterior), que consistía en crear pelotones autónomos, con mayor capacidad táctica de desenvolverse en el territorio.
Veamos dos ejemplos que tal sirvan para ilustrar mejor esta situación.  Son las historias de Ramón y Beto (primera y segunda entrega).
 En noviembre de 1977, luego de que su cuñada Kelly se tomara la pastilla de cianuro y llegara muerta al hospital de Quilmes, Ramón se refugia en la casa de un familiar en el interior del país. Pasa un año en Corrientes y luego regresa a Buenos Aires. Consigue un trabajo, se anota en un nuevo colegio para terminar el secundario. No tiene forma de contactarse nuevamente con la organización. Pero tras un tiempo (a fines del 78, principios del 79), los hermanos Lucho y Bete (ver: próximas entregas) salen de la cárcel, y van a parar a la casa de Ramón, recomendados por su hermano (el Pájaro), que se encuentra detenido desde enero de 1976. Bete fallece al poco tiempo, pero Lucho y Ramón, junto con Analía (una compañera de La Plata que cruzan por la calle de casualidad), conforman un nuevo pelotón. Al poco tiempo Pocho, un militante de la JUP-Capital que conocía a Kelly porque en el 76 le habían dado pase a zona sur, va a visitarlos y se queda junto a ellos, sumando algunos recursos que le habían quedado de la etapa anterior, antes de irse a Mendoza. Simultáneamente saben que hay otro pelotón funcionando en la zona contigua (Berazategui), pero durante mucho tiempo no pudieron contactarse ni siquiera con ellos.
Durante la contraofensiva, por ejemplo, se enteran que hay grupos que han ingresado desde el exterior operando en la zona (sobre todo haciendo interferencias televisivas) y entonces deciden salir a pintar. “Para que supieran que habían células dormidas que se podían despertar”, me dijo Ramón alguna vez. Eso mismo le comenté luego a uno de los protagonistas de esas interferencias. Su respuesta fue sincera y estremecedora: “No podíamos contactarlos. No sabíamos si eran compañeros o una operación de contrainteligencia de los milicos para agarrarnos a nosotros”. Algo similar me respondió Cirilo Perdía, miembro de la Conducción Nacional, cuando lo entrevisté. Dijo que hubo casos en que al tomar contacto con quienes estaban en el territorio, quienes ingresaban al país caían en manos de la represión, ya que más que “compañeros”, eran “quebrados” que trabajaban para los militares. Las conjeturas quedan a cargo de cada quien. Por ahora, este cronista prefiere ir dando a conocer los hechos, que son bastantes y bastante embarullados.
El caso de Beto es parecido al de Ramón, en un principio. Tras la caída de Sapag en octubre de 1977, no queda sólo y, por tanto, no tiene que irse de la zona: continúa funcionando con un pelotón en Berazategui, pero sin contactos con el resto de la organización. Luego de varios meses de funcionamiento “autónomo” son contactados por la Conducción Nacional desde el exterior y dos de ellos (Beto y Lila) salen del país a prepararse para reingresar en el marco de la Contraofensiva, como miembros de las Tropas Especiales de Agitación y las Tropas Especiales de Infantería (ver próximas entregas).
 A esos grupos de militantes que quedaron en el territorio, operando muchas veces por intuición (o por lo que se enteraban por las noticias de los medios masivos de comunicación), sin más recursos materiales que algunos que habían logrado preservar de los golpes de la represión (pero sin ingreso de nuevos recursos: sean armas, o dinero, o prensa pública o interna de la organización), a esos militantes que integraron los Pelotones Autónomos –decía– y que hicieron de la voluntad su arma más preciada, a ellos se se los recuerda con el nombre de Montoneros Silvestres.

 

domingo, 23 de enero de 2011

Cuarta entrega: La columna Sur

PRIMERA PARTE: DEL GOLPE AL MUNDIAL

I-        Octubre 77: Este 17 Montoneros vence

Cuarta entrega: La columna Sur
La Columna 25 Sur, junto con la 25 Oeste y la 27 de La Plata, conformaban la región que las fuerzas represivas habían denominado Subzona 11, unos 11.000 kilómetros cuadrados que contenían los distritos que va desde La Plata, hasta La Matanza, Cañuelas, General Rodríguez, Mercedes y Luján, pasando por todo el sur del conurbano.
En la estructura organizativa de Montoneros, la Columna Sur estaba dividida, a su vez, en zonas: Sur I(Avellaneda, Lanús y Lomas de Zamora), y Sur II (Berazategui, Quilmes y Florencio Varela).O sea, la zona uno abarcando el primer cordón y la zona dos el segundo.
Hasta mediados de 1977, el jefe de la Columna Sur fue Camps (ver próximas entregas), uno de los sobrevivientes de la Masacre de Trelew de 1972. Tras su caída no hay testimonios de que alguien reemplace su lugar.
Con los golpes asestados por la represión, los militantes montoneros se irán replegando cada vez más hacia la periferia. Así, si durante todo 1976 los pases se daban de Buenos Aires y La Plata hacia zona sur, hacia finales de 1977 se irán replegando de la Sur I hacia la Sur II, donde lo único que se mantenía en pie de la estructura era el Ejército (recordemos que para entonces, en teoría, Montoneros estaba organizado en Ejércitoy Partido, desde el cual se promocionaba además el trabajo de masas, a través de los frentes del MPM, EL Movimiento Peronista Montonero).
En la Sur II, el Ejército Montonero contaba con la legendaria Sección de Combate Tito Taberna, cuyo responsable había sido el Tata Sapag, asesinado en Quilmes el 30 de junio de 1977. El Tata era quien mantenía, a su vez, contacto con Camps. Con estas dos caídas –según alguno de los testimonios- quien asume el mando de la Sección será Olmedo, que va a exiliarse entre noviembre y diciembre de ese año, perdiendo así ya todo contacto con el resto de la estructura, alojada toda en el exterior del país.
Por lo que se sabe, hasta octubre de 1977 se mantiene, aunque con muchas dificultades, un contacto orgánico con la estructura. Llegan, más allá de los retrasos, algunos materiales escritos de discusión interna (como por ejemplo, el “Informe del Consejo Nacional del Partido Montonero”), y algunos órganos de prensa (como el Evita Montonera). Pero los golpes han sido durísimos. Según declaraciones de la prensa de la época (Diario El Sol, jueves 15 de septiembre de 1977), esta Columna había sufrido 84 bajas.
Aun así, según podemos saber por el documento interno de balancedelo actuado en el trimestre junio-agosto (fechado el primero de octubre), la Sección de Combate Tito Taberna pudo mantener un alto nivel de operatividad en la toda la zona.
Allí recuerdan que el objetivo general, la tarea central de acuerdo a la política de poder para la etapa era propagandizar y organizar el MPM en la zona. Ahora bien, ¿cómo debía darse, en esa etapa, el desarrollo del poder militar? Según el documento, bajo la forma de fuerzas guerrilleras autónomas (Pelotones Autónomos), capaces de desarrollar sus tareas con gran movilidad, de acuerdo al profundo conocimiento del terreno. El gran desafío, dicen, es el de poder interpretar las políticas del Partido y desarrollarlas en el territorio con iniciativa y autonomía.
El documento está dividido en una parte externa y en otra interna. En la externa, figuran dos puntos.En lo político, se refieren a la síntesis de una reunión de Secretaría (Política), distribuida con anterioridad, y que nunca he logrado hallar.Por tanto, el documnto se concentra en la especificidad del desarrollo militar.
En lo militar, se habían propuesto realizar tres tipos de operaciones: de propaganda; antipatronalesyantirepresivas.
En cuanto a las operaciones de propaganda, dicen haber realizado 40operaciones (de unas 60 ppropuestas), en la que se distribuyeron 15.000 volantes del MPM y 10.000 del Ejército Montonero (EM), justo la mitad d elo que se había propuesto volantear. De todos modos, se rescata un incremento en relación al trimestre anterior, y una mayor vinculación con los conflictos sindicales de la zona (textiles y Smata). Aunque como autocrítica figura la inexistencia de materiales de propaganda específicos vinculados con las reivindicaciones particulares de cada conflicto y una incapacidad de iniciativa autónoma en cuanto a conseguir todo aquello que hiciera falta y no llegara por canales centralizados de la estructura.
En cuanto a las operacionesantipatronales, mencionan la realización de 6 operativos: contra Molinos, Peugeot, Shell-Bols y Fabril Financiera. También aquí la autocrítica es severa, puesto –dicen- que hubo conflictos importantes, abiertos, tanto en La Bernalesa, como en Peugeot y Techint, y sin embargo, no pudo lograrse las “paritarias montoneras” a partir de la intervención de la Sección. Aunque rescatan la intervención en apoyo de los conflictos de Molinos y Peugeot, no dejan de autocriticarse su falta de inserción en el frente sindical y la falta de iniciativa para conseguir más información que la suministrada por la Sección Inteligencia.
En cuanto a las operaciones antirepresivas, rescatan haber golpeado al enemigo en zonas donde, hasta el momento, no habían podido golpear, aunque se autocritican no haber incorporado el uso de explosivos y no haber podido desarrollar las operaciones fijadas dentro de la línea prioritaria establecida (hostigar a las fuerzas enemigas que penetran el espacio territorial popular. Así y todo, se llevaron adelante 3operativos de hostigamiento (a la casa del militar Pato Maidana en el barrio de La Cañada y dos ataques a comisarías: una en Ranelagh y otra en Gutiérrez, el 26 y 27 de julio respectivamente); 2 ajusticiamientos (de la torturadora Marta Casas el 13 de julio y del ex comisario Juárez el 22 de agosto); una colocación de explosivos (un caño) a la concesionaria IKA, en Quilmes. En dos enfrentamientos ocasionales con las fuerzas represivas (el 2 y el 21 de agosto), la fuerza propia había sufrido heridas en dos compañeros, sin bajas, ocasionando a su vez 3 bajas y un personal herido del enemigo.
En la parte interna, asimismo, realizan un análisis en el plano político, militar y organizativo.
En lo político, mencionan la importancia de la inserción de los pelotones en el movimiento, aunque destacan la falta de preocupación por la formación teórica y el compromiso por focalizar la atención en los problemas estratégicos, cuestiones que llevan al inmediatismo en el accionar de la fuerza en la zona.
En lo militar, la autocrítica es más severa aun que en el plano externo, ya que se habían propuesto dos objetivos centrales: formar tenientesysoldados (formando sólo a estos últimos) y conocer el terreno para poder utilizarlo como un arma más en el combate (y no hubo un abordaje sistemático del territorio, sino que selo fue conociendo el propio combate). Rescatan, eso sí, que algunos de los pelotones lograron implementar bien la nueva metodología, es decir, profundizar la autonomía (planificación centralizada y ejecución con alto grado de iniciativa). Finalmente, resaltan la importancia de haber sufrido 8 bajas en el trimestre, todas debido a un mal funcionamiento en cuanto a los movimientos (zonas, horarios, casas no levantadas a tiempo que además provocaron pérdidas de materiales de guerra).
En lo organizativo, destacan que, en cuanto a lo que se habían propuesto (fortalecer la autonomía y la contratáctica), pudieron avanzar en una buena distribución de los materiales de guerra y en la iniciativa por recuperar equipos para la producción de la prensa (autonomía), pero tuvieron problemas a la hora de distribuir los materiales de la prensa interna; en cuanto a la contratáctica, si bien pudieron generar mejores condiciones en cuanto a la vivienda y la composición de los pelotones, el funcionamiento y las comunicaciones siguen siendo una cuenta pendiente.
A modo de síntesis, se destaca la importancia de desarrollar la crítica y la autocrítica. En este sentido, se enfatiza que todavía se encuentran a mitad de camino entre el funcionamiento viejo de los comandos y los nuevos pelotones autónomos que deben llegar a ser. Se autocritican, además, en cuento a la falta de aporte al desarrollo del espacio político (sobre todo en cuanto al frente sindical) y a la dificultad por combinar movilidad con potencia (utilizando explosivos, por ejemplo). De todos modos, el balance del trimestre es caracterizado como un triunfo, ya que lejos de haber sido aniquilados por las fuerzas represivas (quienes juegan con el tiempo en contra), los Montoneros en la zona no se han refugiado en la defensiva, sino que han combatido, estando en mejores condiciones al final del trimestre que al comenzarlo.
El documento, firmado por el jefe de sección, concluye resaltando la importancia (individual de cada compañero y de cada ámbito organizativo) de “apoyar, desarrollar y conducir la resistencia que nuestro pueblo opone a la dictadura militar, poniendo toda nuestra combatividad e iniciativa para ir creando, junto con el pueblo, las condiciones para el desarrollo de la contraofensiva popular”.

domingo, 16 de enero de 2011

Tercera entrega: Graciela “Viky” Daleo

PRIMERA PARTE: DEL GOLPE AL MUNDIAL

I-                    Octubre 77: Este 17 Montoneros vence

Tercera entrega: Graciela “Viky” Daleo
 “¡Me llamo Graciela Daleo, me secuestran, me van a  matar, avisen a mi papá al 59-2780!”. Esas fueron las últimas palabras en libertad de Victoria –como la conocían sus compañeros– antes de ser secuestrada por una patota de la ESMA en la Estación Acoyte de la línea A del subte. Fue el martes 18 de octubre de 1977. Cuando Victoria miró hacia el puesto de diarios escuchó a un tipo decirle que era de la Policía Federal y que iba a tener que acompañarlo. Intentó en ese momento, sin suerte, tomarse la pastilla de cianuro que siempre llevaba encima por si llegaba a producirse una situación como la que se estaba produciendo. Los cuatros tipos que tenía encima, golpeándola, reduciéndola en el piso, se lo impidieron.
Victoria lleva puesta una camisa blanca, una pollera escocesa, sandalias negras con plataforma, medias también negras y un blazer rojo de corderoy. Las plataformas (con las cuales no podría correr si algo sucedía) y el libro que Iba leyendo mientras se dirigía hacia su trabajo en zona sur (la biografía de Sigmund Freud de Guy de Massillon, Cirujanos de almas), constituían seguramente las dos grandes herejías de Viky en ese momento.
El miércoles 19 sería su último día de trabajo como dactilógrafa en la Papelera del Plata, ubicada en Wilde, en la localidad bonaerense de Avellaneda. Había renunciado, justo una semana antes, porque sospechaba ya que las fuerzas del orden venían pisándole los talones. Había decidido continuar para no levantar sospechas. A pedido de su jefe (“para dejar todo en orden”, dijo entonces), luego de que Graciela –se había anotado allí con su nombre legal– rechazara trabajar menos horas por más dinero.
Hace seis meses, aproximadamente, que Victoria trabaja y milita en zona sur, pero desde hace dos semanas vive en un cuarto alquilado en una casa de familia en Villa del Parque. Le falta una semana para pasar a militar de la Sur I a la Sur II (ver próxima entrega). La distancia entre una zona y otra es menor, pero a Victoria se le aparece en sus representaciones como otro planeta. “El Gordo me había dicho que me iba a acompañar a Beraza, que para mí era como el fin del mundo, ni idea donde quedaba. Yo sabía hasta Quilmes, y de ahí saltaba a La Plata”, recordará Graciela años más tarde. El Gordo José, que había sido su responsable hasta hacía muy poquito, es quien le informa de su pase a Berazategui.
La decisión de José de patear para adelante una semana más el pase de Viky tuvo que ver con una evaluación política, de seguridad. “Para el 17 de octubre la mano va estar pesada –dijo–. Los milicos van a estar rastrillando la zona buscando compañeros”. Por eso Graciela pudo aprovechar por esos días para ver a su madre, a quien no podría ver –precisamente– el Día de la madre. Al encontrarse con ella se entera de que Carlos, el marido de una prima hermana suya, es un Teniente de Navío. Y se entera también que unos militares han estado rondando el nuevo domicilio de sus padres. El cerco parece comenzar a cerrarse.
La cosa no daba para más. Durante las últimas dos semanas, Graciela y el Gordo José se la habían pasado haciendo tiempo en cines para que llegara la hora de las tarifas promocionales en telos y poder quedarse a dormir allí, como si fuesen una pareja, aunque sin serlo. La primera vez que se metieron en un hotel alojamiento (que era, a su vez, la primera vez que Graciela entraba a uno), ahí nomás, frente a la Federación de Box (en el mismo barrio en donde Viky vive en la actualidad), estaban nerviosos, muy nerviosos. No sólo por esa situación tan atípica entre ellos, sino porque además, según decían, por las noches la policía solía caerse en los hoteles a inspeccionar el tipo de gente que los frecuentaba.
Una vez solucionado el problema de vivienda, José le ofreció a Victoria que se mudara junto a él y sus dos hijos (Marcela y Adolfo) a la casita que había alquilado en Valentín Alsina, en el distrito de Lanús. No era la primera vez que el Gordo le hacía ese ofrecimiento. Y no era la primera vez tampoco que Graciela le daba las gracias, pero prefería buscar otro sitio como morada.
La historia de Graciela Viky Daleo es conocida: tras casi dos años de permanecer en la ESMA, fue liberada en abril de 1979. Permaneció exiliada varios años y luego permaneció en prisión durante el retorno de la democracia. Fue un ejemplo de resistencia y coherencia al rechazar el indulto del ex presidente Carlos Saúl Menem. Todavía recuerdo cuando escuché su testimonio en Cazadores de Utopías. Recuerdo que vi la película en un cine de la calle Corrientes, un sábado por la noche. Tenía entonces quince, dieciséis años y aún no sabía muchas cosas: que el cine se llamaba (y aún se llama) Lorca, que ese señor que aparecía seguido en la pantalla era Juan Domingo Perón, que la suerte de los detenidos-desaparecidos había sido tal. Si mal no recuerdo Viky llevaba puesto entonces un vestido amarillo. Tiempo más tarde, mientras leía el tomo III de La Voluntad, una historia de la militancia revolucionaria en Argentina (de Eduardo Anguita y Martín Caparrós), reconocí enseguida su nombre y lo reconfirmé al ver su fotografía. Allí cuentan parte de su historia.
Su historia se partirá en dos en 1977: su ingreso forzado a la ESMA la llevarán a pensar su vida como dos vidas. Una anterior a su paso por el centro clandestino de detención, y otra posterior.
En 1977, Victoria no participó de ninguno de los operativos de agitación y propaganda llevados adelante por Montoneros en la zona sur durante la semana del 17 de octubre, ya que estaba en espera, en un momento de transición entre una estructura zonal y otra. Por eso pensó en que ese miércoles 17 podía verse con una amiga, pero desistió rápidamente de su idea: se dijo que un día como ese era mejor no andar por las calles; más prudente era irse temprano para su casa. Por algo José había retardado su pase a Berazategui: para cuidarla.
¿Cómo serían sus días en ese lugar que se le hacía tan lejano? ¿Tendría oportunidad, como la había tenido en Avellaneda, de empezar otra vez algún trabajo político en la bese, junto a los vecinos? ¿Habría también allí algún cura piola en alguna parroquia? ¿O acaso la cuestión pasaría por acercarse nuevamente a uno de esos club de barrio, tomarse un Gancia con alguno de los viejos, mirar como jugaban a las bochas y lentamente comenzar a charlar de los problemas, de las necesidades en la zona y buscar resolver colectivamente los inconvenientes que se presentaban en la vida cotidiana?
Así, llena de interrogantes, colmada de deseos de poder continuar la resistencia en otro sitio, Victoria esperaba el pase a Berazategui. Ese lugar extraño, desconocido, en el que según se rumoreaba entre sus compañeros de la Orga, apenas si durabas una semana. Sí, así le había dicho el Gordo José: “Beraza es duro, flaca, dicen que nadie dura vivo más de dos semanas”.

domingo, 9 de enero de 2011

Segunda entrega: Beto

MONTONEROS SILVESTRES

PRIMERA PARTE: DEL GOLPE AL MUNDIAL

Por: Mariano Pacheco


Segunda entrega: Beto
Una semana antes del 17 de octubre los Montoneros silvestres de la zona sur del conurbano bonaerense lanzan una campaña de agitación y propaganda con la consigna: “Este 17 Montoneros vence”. Pintadas, volanteadas, carteles, todo lo que encuentran a su alcance, bastante limitado en el momento. Debido a su marcada presencia, el ejército había ido a instalarse en la zona por aquellos días.
“Berazategui: un extremista fue abatido en un tiroteo”. Así titula en tapa una de sus notas el diario El Sol de Quilmes, el viernes 28 de octubre de 1977. “Ayer fue abatido en Berazategui un extremista identificado como Enrique Horacio Sapag. El hecho ocurrió cuando efectivos militares sorprendieron –según informó el Comando Zona I del Ejército- a dos hombres incendiando un automóvil en las vías del ferrocarril Roca, en el partido de Berazategui. Se inició entonces un tiroteo en el que fue muerto el nombrado, mientras que el otro logró darse a la fuga. En el comunicado dado a conocer por el Comando se indicó que Sapag era integrante de la banda Montoneros. Se agregó, además, que su cadáver lo recibieron sus padres”.
Lo que no saben en el diario, ni las fuerzas represivas, es que quien se ha escapado es Víctor Hugo Díaz, el mismo que meses atrás logró fugarse de un campo clandestino de detención, sin darles el gusto de denunciar a sus compañeros.
Beto me cuenta lo que pasó aquella tarde, veintiséis años atrás.
Tras la muerte de Horacio, Beto se dirige a la casa de una compañera en Florencio Varela. Ella le plantea que no sabe realmente si tiene o no una “boleta” (una muerte) encima y entonces, a modo de precaución, deciden irse (“levantarse”, decían en la época”). En el camino se cruzan con una patrulla policial que comienza a dispararles. Es la segunda balacera a la que se ve expuesto Beto en pocas horas. Nuevamente logra salvar su vida, aunque herido de gravedad. La compañera, en cambio,  es herida de muerte por las balas de la represión. María Cristina Barbeito estudiaba psicología en Humanidades de La Plata. Tenía unos 23 años y venía de La Pampa. Su compañero ya integraba la larga lista de desaparecidos.
“La compañera  alcanza a dejar a su nene en el piso. Así, logra salvar su vida –relata Beto–. Luego, por el cuñado de esta compañera, nos enteramos que Pedrito fue recuperado por la familia. También que Paz era el apellido del “cana” que disparó. Un tipo morocho, fortachón. Un tipo imparable con la ametralladora”.
El coche en el que se dirigían quedó destruido, producto de las ráfagas de fusil FAL, de ametralladora y de escopeta que recibe. ¿Cómo te salvaste?, pregunto. Beto me cuanta que los tipos no dejaban de avanzar, se desplegaban abriéndose en abanico. “Pero yo me sigo defendiendo, los repelo con mi 9 milímetros”. Es ahí, recién, cuando puede salir del auto. Pero la compañera ya estaba muerta. “Salgo y empiezo a correr. Ellos me persiguen”. En un  momento, cuando cree que lo están por agarrar, cuando ya no tiene fuerzas y escucha que le gritan “alto”, ve que hay un milico que está apuntándole de rodillas con un FAL. “Me quedaba el ultimo tiro, así que disparo y comienzo a correr”.
Beto conserva el mismo bigote de entonces. Cuando habla parece estar mirando una pantalla de cine o T.V en la cual sale él mismo viviendo lo que me está contando.
“Yo esperaba que me remataran ahí mismo, mientras me escapaba. Pero evidentemente los tipos tuvieron miedo o algo, porque se metieron en la camioneta para perseguirme todos juntos. Yo corrí y corrí, hasta que los perdí”. Así, todo ensangrentado, se va caminando al centro de Varela. En un momento no da más. Ya no tiene fuerzas. “Golpeo una puerta y me atiende una señora con un nenito. Le digo que no se asustara, le cuento lo que me pasó y que necesitaba ayuda. La mujer salió corriendo. A mí sólo me quedaba la pastilla de cianuro. Pero llega el marido en un Fiat  600 y me dice que me lleva a donde yo quiera. Y fui, adelante. Ya no podía manejar, ni caminar. Le pedí una frazada, estaba desangrándome”.
Para mis adentros, me digo la típica frase: “este tipo tiene más vidas que un gato”. No termino de pronunciar la frase (obviamente siempre para mis adentros), cuando me dice que eso no es todo, que ese día interminable aún no ha finalizado.
Iban en el auto y en la rotonda de Mosconi ven que estaba todo el ejército. “No tengo escapatoria”, pensó. Claro, los militares habían supuesto (acertadamente), que de escaparse lo haría por ahí. Pero al ver pasar el auto, despacito, no sospechan nada y no lo paran.
“Le pedí que me llevaran a Ezpeleta, a la casa de mi hermana. Ahí estuve dos días. Mis hermanos, desesperados, van en busca de médicos, pero no los consiguen. Entonces mandan a buscar a un estudiante de La Plata, que estaba haciendo su residencia en una sala de Villa España”. Pienso de inmediato en que el pibe es detenido, quien sabe, tal vez torturado, asesinado… Pero no. Me cuenta que cuando pasan delante del control que el ejército había apostado frente a la fábrica Ducilo, los detiene, sí, pero no pasa nada. Cuando los milicos lo ven, dicen: “hay un Montonero herido en la zona, ¿a donde van con este médico?”. Y el muchacho les hace el verso de que tenía a una abuela enferma, en Quilmes. Por supuesto, el milico no los dejaba ir. Hasta que un soldado dice: “señora, yo no sé hoy que va a pasar”. Finalmente los dejan ir. La hermana de Beto  ve que los siguen y entonces se meten por calles internas. “Los tipos –continúa relatando Beto– se vuelven locos y cuando llegan a la casa de mi abuela terminan metiendo a todos en cana”.
Al día siguiente, herido como estaba, cuando Beto ve que no llegaban ni el médico ni sus familiares, pide que lo saquen de ahí. Envuelto en una frazada, sube a un taxi y recién ahí, tres días más tarde, puede tomar contacto con sus compañeros, que lo pasan a buscar.
Pienso que en la época no había internet, ni celulares, ni ninguno de los medios de comunicación con los que contamos en la actualidad. Entonces me cuenta que el mecanismo que utilizaban era el de dejar un mensaje telefónico. Como en ese momento no había muchos teléfonos, la gente alquilaba su servicio. “Vos llamabas y dejabas mensajes. Y así, en clave, nos comunicábamos. Por supuesto, la cana también lo hacía, para ver si estábamos operando en la zona”. Evidentemente, ese teléfono no estaba controlado, porque si no hubiesen ido tras ellos, o lo hubieran cortado para evitar la comunicación. “Mi hermano, que no entendía nada de cómo ir a una cita, va y por la descripción se encuentra con el compañero”.
Eran las 21.30 horas del martes. Tras la operación, Beto pasa toda la noche con fiebre. Ya no se podía mover de la cama, darse vuelta, nada. Mientras tanto, el ejército realizaba “rastrillajes” por toda la zona. Como no había conseguido anestesia tuvieron que operarlo con silocaína. Carlos Cari, El Flaco Juan (que estaba terminando la carrera de medicina en La Plata y era además miembro de la estructura de sanidad de la organización), junto con su mujer, Nora La Rubia, le salvan la vida. Ambos desaparecen en agosto de 1980.
Treintaicuatro años después Beto sigue con vida. Adentro, aún lleva el recuerdo de María Cristina, de Horacio, de Carlos y de Nora. También lleva adentro esa bala de FAL que nunca se pudo sacar.


domingo, 2 de enero de 2011

Primera entrega: Marcela y Ramón

MONTONEROS SILVESTRES


PRIMERA PARTE: DEL GOLPE AL MUNDIAL

Por: Mariano Pacheco


I-         Octubre 77: Este 17 Montoneros vence

“...Si un pájaro llevara la arena, grano a grano, de un lado a otro del océano, cuando la hubiera trasladado toda, eso sólo sería el principio de la eternidad...”.
Truman Capote, A sangre fría

 Primera entrega: Marcela y Ramón

Al entrar al pasillo siento un leve cosquilleo en el estómago. Luego de tocar el timbre su perro comienza a ladrar detrás de la puerta. Tras unos segundos me invita a pasar a su casa y dice: “¡Que frío que hace!”. Recuerdo una frase de un cuento de Cortázar: “El frío siempre complica las cosas”. Estaba pensando en eso cuando preguntó: “¿tomamos unos mates?” Respondí que sí y nos sentamos.
Lentamente, como quien no quiere la cosa, le voy sacando de a poco el tema de conversación. Comienza desarrollando anécdotas que ya había contado en otra ocasión. Continúa agregando otras, que me resultan una novedad y las anoto en una libreta. No quiero cortar sus palabras, pero se me presenta la disyuntiva entre continuar escuchando el apasionante relato o interrumpirlo y anteponer la presencia fría del grabador. No puedo evitarlo: empieza la grabación.
Comienza contándome sobre el día que marcó su vida. Hacía apenas seis meses que estaba militando. Tenía ganas de hacer algo más que una pintada, que era lo que había hecho hasta entonces. “Ese día voy a una cita de control. Yo justo venia del día anterior de una actividad que se suspendió y estaba entusiasmado”.
Han pasado 28 años desde entonces.
Le pregunto por sus primeros pasos en la militancia. En 1977 me incorporé a Montoneros –dice–. Tenían apenas 15 años. Lo miro extrañado: por lo poco que se de esa época -en la cual ni siquiera había nacido- el golpe de marzo de 1976 no dejó resistencia en pie.
Sentados alrededor de una mesa de madera, continuamos con la mateada. Detrás del vidrio de un mueble, Norma Arrostito, “La Gaby”, me mira con su actitud combativa. Observo la pila de videos y películas que acompañan a la diversidad de libros de la biblioteca: Franz Fanon, Sartre, Juan Gelman, Lenin, Freud, Dostoievski, Marx, Hemingway, Kafka,  Hernández Arregui y muchos otros, conforman una ensalada que logra llamarme la atención.
De repente hace una pausa. Enciende un cigarrillo, se acomoda la bufanda negra que lleva sobre el cuello y me cuenta que a los pocos meses de empezar a militar debe irse al interior del país. Parece, por su expresión, estar re-viviendo ese momento. Estaba, él y su cuñada -que además era su responsable y único contacto con “La Orga”- realizando un operativo en conmemoración del trigésimo segundo aniversario del 17 de octubre.
El “aparato” había mandado una caja con granadas y volantes. Caminaban por las calles de una barriada de Quilmes, golpeando las puertas de las casas, hablando con los vecinos y denunciando a la dictadura.  La misma gente, que según recuerda, en general los recibía bien, les dice que estaban locos, que se fueran.
Todo lo cuenta de manera pausada;  tomando un mate de tanto en tanto.
Fue el sábado 22 de octubre de 1977. Me cuenta que estaba hablando en una casa y ve que su cuñada estaba discutiendo con dos flacos jóvenes. De repente, ella le hace señas para que se vayan. Los tipos, que se presentaron como de la Marina, le habían dicho que los iban a tener que acompañar, que estaban detenidos por andar repartiendo “publicaciones subversivas”. Era todo muy raro, “por la actitud imprudente de los flacos, pero también por la nuestra”.
Su cuñada lo mira y ordena: “Martillá”. Él, que lleva una pistola 9 milímetros en la cintura, responde haciendo lo que su responsable indica. De un momento a otro, uno de los tipos se tira encima de ella. El otro, con una pistola en mano, le apunta a él. “Dejame ir. La orga los va a vengar. No seas boludo”, le dice su cuñada al tipo que la interceptó.
Se hace un silencio. No lo interrumpo. Dejo que la pausa se extienda. No hubiese hablado aunque el silencio hubiese perdurado por toda la eternidad. La mirada taciturna, detrás de los lentes, expresa una tranquilidad que no logro comprender del todo. Toma otro mate, enciende otro cigarrillo y sigue: “Me apunta a la cabeza mientras me mira a los ojos. Yo me doy vuelta, empiezo lentamente a retroceder hasta llegar a la esquina, doblo y me voy. Me voy caminando, el paso cada vez más fuerte. Hasta que comienzo a correr y correr. Luego aminoro la marcha: ya estoy fuera de peligro. Al llegar a mi casa  junto algunas cosas y me marcho al interior”.
Le pregunto qué pasó con ella. “Se tomó la pastilla y llegó muerta al hospital –dice–. La noticia salió en el diario El Sol”.
Días más tarde me dirijo al archivo del diario. En la página 4 de la edición del jueves 27 de octubre de 1977 leo el titular: “Quilmes: mataron a un suboficial de la Aeronáutica y se suicidó una extremista”. La ejecución del militar es tapa. La nota cuenta como un grupo de tres hombres y dos mujeres jóvenes que se trasladaban en un Falcon azul ejecutaron, el miércoles 26 por la tarde, a un suboficial mayor de la Aeronáutica. Interceptado en la intersección de las calles Balcarce y Lavalle, Rodolfo Matti cae bajo las balas y muere al llegar al hospital de Quilmes. El presidente de la Nación, teniente general Jorge Rafael Videla, junto con el brigadier Orlando Ramón Agosti, acuden al velatorio del militar retirado. Más abajo puede leerse: “Se suicidó una extremista. El comando de Zona I informó que el sábado último en las primeras horas de la tarde, murió una delincuente subversiva, tras ingerir una pastilla de cianuro en tanto que otro extremista logró darse a la fuga al ser sorprendidos ambos por fuerzas legales mientras distribuían material extremista de la organización Montoneros en la calle Madame Curie. La mujer fue identificada como Nélida Marcela González, de 20 años”.
Me cuenta que entonces la vida se le partió al medio. No era para menos: Kelly había ingresado en la nada de la eternidad.