lunes, 7 de marzo de 2011

Decima entrega: Literatura y dictadura (I)

PRIMERA PARTE: DEL GOLPE AL MUNDIAL



II- 77: Peronismo Montonero

Decima entrega: Literatura y dictadura (I)
Cuando Beto cayó prisionero en Campo de Mayo, no imaginó que su caso era similar al de otros 3.500 militantes que, entre 1976 y 1977, pasarían por ese sitio de detención, que era –en realidad– un campo clandestino de detención-exterminio.
Cuando Graciela Viky Daleo fue ingresada en la Escuela de Mecánica de la Armada, no sospechó que, al igual que ella, otras 4.500 personas correrían la misma (mala) suerte, si es que en estos temas cabe hablar de suerte.
En fin: ninguno de los dos imaginó que alrededor de 20.000 almas pasarían, entre 1976 y 1982, por alguno de los 340 campos que la Junta de Comandantes instaló en 11 de las 23 provincias del país.
No lo sospecharon –ellos, ni casi nadie en ese momento– porque por entonces fue difícil tomar real dimensión del cambio sustancial que había implicado ese golpe, del cual participaron activamente las Tres Armas (además de las policías provinciales y la Federal).
Tal como sostiene Pilar Calveiro en Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina, a partir del 24 de marzo de 1976 “la política de desaparición de personas de la AAA tomó el carácter de modalidad represiva oficial”. Por lo tanto, los campos dejaron de ser una de las formas de la represión, para pasar a convertirse “en la modalidad represiva del poder, ejecutada de manera directa desde las instituciones militares”. Ejecución que implicó comprometer personalmente al conjunto de las fuerzas. Así, con las manos sucias y el culo enchastrado, nadie podría hacerse el distraído.
Alguien que supo reflexionar y dar cuenta de estos temas en su literatura fue Jean Paul Sartre. El 8 de noviembre de 1963, por ejemplo, estrena Muertos sin sepultura, pieza en dos actos y cuatro cuadros. Tiempo después, Sartre comentó que con esta obra de teatro había buscado abordar una pregunta que había atormentado a tantos hombres de su generación: ¿cómo reaccionarían ante la tortura? “Lo que me interesa son las situaciones límite y las reacciones de aquellos que se encuentran en esas situaciones”, expresó en una entrevista que le realizaron para la revista Combat.
En las escenas finales del último cuadro, tres de los personajes que se encuentran detenidos por las tropas de ocupación nazi (Canoris, Lucie y Henrri) van a ser fusilados. Los tres sienten orgullo de sí mismos: ninguno habló; ninguno ha delatado. Claro que para ello debieron matar a un compañero de celda: un muchacho adolescente, casi un niño. No querían hacerlo, por supuesto, pero el joven –con miedo, mucho miedo de morir– se mostró dispuesto a delatar al jefe de la organización, si eso le permitía salvar su vida.
Salvar la vida, ese será el dilema que introducirán los nazis, es el que logrará quebrar el frente interno, por más que ninguno esté dispuesto a entregar al jefe a cambio de su vida. Fractura la unidad del grupo porque no todos coinciden en que, para salvarse, sea válido entregar información a sus captores, aunque sea información falsa.
Canoris será el primero en plantear que no se pueden despilfarrar tres vidas de esa manera, que entregar información falsa no te convierte en un traidor (este doble juego entre verdad y mentira ha sido un tema clave al que tuvieron que enfrentarse, entre otros, los detenidos-desaparecidos encerrados en la ESMA). “No tenemos derecho a morir por nada”, insiste Canoris. Pero Henrri no soporta la idea de sobrevivir a la ejecución de su compañero de celda. Piensa que ya ha ganado. Que logró soportar la tortura sin delatar nada. Ni a nadie. Y que con eso basta. No quiere darles el gusto a sus verdugos. No soporta la idea de pensar en la cara, en la sonrisa que pondrán al verlo entregarles información.
El tema de la tortura, de la relación entre víctima y victimario, ya había sido abordada por Sartre quince años atrás, cuando intentó dar cuenta de la “situación del escritor en 1947”, en un momento en el que se intentaba, en Francia, reflexionar sobre lo que había pasado con los franceses durante la ocupación. Allí, en ¿Qué es la literatura? (publicado como Situation II), Sartre plantea que, en primer lugar, la tortura es una empresa de envilecimiento:
“Sean cuales sean los sufrimientos soportados, es la víctima la que decide en última instancia el momento en que son insoportables y es necesario hablar; la suprema ironía de los suplicios consiste en que el paciente, si cede, aplica su voluntad de hombre a negar que sea hombre, se hace cómplice de sus verdugos y se precipita por sí mismo en la abyección. El verdugo lo sabe y espía el desfallecimiento, no solamente porque va a obtener información que desea, sino porque ello le probará una vez más que tiene razón de emplear la tortura y que le hombre es un ser al que hay que tratar a latigazos; así, trata de aniquilar la humanidad en su prójimo”.
Por supuesto, cuando Sartre se refiere aquí al silencio (ese silencio con el que la víctima enfrenta a sus verdugos y, a partir del cual, nace y renace, una y otra vez, su humanidad), ese silencio es el que implica no colaborar. “Yo no colaboro”, fueron las palabras que Graciela Daleo escucho decir a Norma Gabi Arrositto en la ESMA. A partir de allí, cuenta Viky, ella supo que a pesar de todo no estaba sola. Este es uno de los casos que dan cuenta de aquellos que lograron resistir, enfrentarse a sus enemigos, no desde el silencio, sino desde una estrategia de simulación.
Retomando Muertos sin sepultura. El debate que se da entre Henrri y Canoris tiene que ver un poco con esto: con no colaborar con el enemigo. Bien: pero, ¿desde que estrategia? “No tenemos derecho a morir por nada”, dice Canoris. Y Henrri: “¿Tiene sentido vivir cuando hay hombres que te zurran hasta romperte los huesos”. Canoris insiste: “Si te dejas matar cuando puedes seguir trabajando, no habrá nada más absurdo que tu muerte”.
Lucie, que en todo ese tiempo no ha dicho nada, rompe el silencio: “si hubiera sabido que ibas a cantar,  ¿crees que habría dejado tocar a mi hermano?”. Es que Lucie no soporta la idea de continuar con vida. No después de las torturas, de las violaciones. No luego de haber callado ante el asesinato de su propio hermanito ( o pequeño hermano?).
Lucie estalla en cólera al escuchar a Canoris decir que, de todos modos, él estaba dispuesto a hablar. No es lo mismo, se apresura en aclarar, delatar al jefe que entregar una pista falsa. Pero Lucie es terminante: “Es lo mismo. Habrá el mismo triunfo en sus ojos”.
Finalmente, cuando llega la hora, a Lucie le agarra un ataque de nervios: quiere vivir. Canoris se decide: tienen que hablar. Se los llevan. Primero se escucha un tiro. Luego, otro tiro. Finalmente un tercer y último disparo. Reunidos en un salón, los verdugos conversan entre sí. “Terminamos por conseguirlos”, dice uno. “¿Viste como salieron? Estaban menos orgullosos que a la entrada”, comenta otro. Un tercero ríe y otro verdugo, frotándose las manos, agrega: “Los conseguimos”.

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